El artículo que se presenta a continuación tiene por
finalidad aportar modestamente al desarrollo de algunas ideas que puedan ser de
utilidad para quienes sienten curiosidad e interés por el estudio de la
historia como disciplina de conocimiento y han sido tomadas de un trabajo
académico de pre grado universitario, realizado por el profesor de historia
Hugo Oliva Palacios, adaptándose algunos contenidos para ser publicados en este
blog.
Algunas Reflexiones Historiográficas a partir de la Nueva Historia, desde
Abajo y con la Política Incluida
Pretender
escribir sobre la complejidad de los hechos acontecidos en el pasado, implica
necesariamente ocuparse antes de los caminos teóricos y metodológicos, que han
de conducir a desentrañar las claves que permitan hacer mucho más inteligible
aquel pasado, que la tristemente célebre “historia oficial” se ha empeñado en
distorsionar, omitir o lisa y llanamente borrar. Es por ello, que una
aproximación cabal a la comprensión explicativa de lo acontecido, y de lo que
acontece en aquella magnitud continua que es el tiempo, no puede ser abordada
de forma satisfactoria dejando de lado el conjunto de nociones que guíen la
reflexión teórica sobre cómo y qué historia desarrollar. En tal sentido, se
puede sostener que esta situación exhorta, por lo menos, a dar cuenta de los
fundamentos historiográficos a los cuales se pretende adscribir y que
necesariamente se hace conveniente desarrollar en el transcurso de este
artículo.
Por
consiguiente, la primera afirmación que se debe realizar al respecto, apunta en
dirección de reconocer la influencia de la historiografía francesa desarrollada
a partir de 1929, bajo la conducción de la revista Annales, y de la
historiografía marxista que se va desarrollando en Occidente después de la Segunda Guerra Mundial. El
influjo de estas corrientes, así como la ampliación de los campos de estudios
generados a partir de ellas, es lo que a continuación se procederá a detallar.
Pues cabe consignar, que estas dos tradiciones historiográficas, son los
pilares fundamentales de la renovación historiográfica del Siglo XX. Es a
partir de ellas que surgen nuevos enfoques investigativos como: la historia
serial, con historiadores economistas como: E. Labrousse, J. Meuvret y G.
Imbert; la historia cuantitativa con Kuznets y Jean Marczewski; la New Economic
History con A. Fishlow y R.W. Fogel y los trabajos de A. H. Conrad y J.R. Meyer sobre la
estructura económico-social norteamericana(1). Por otra parte, desde
la tradición marxista, es clara su enorme influencia en el desarrollo de los
Estudios Subalternos y Postcoloniales –una verdadera novedad entre quienes
aspiramos a convertirnos en historiadores– siendo sus representantes más
destacados: Ranajit Guha, Shahid Amin, David Arnold, Gautam Bhadra, Dipesh Chakrabarty,
Partha Chatterjee, David Hardiman, Sudipta Kaviraj, Shail Mayaram, Gyan Pandey,
M. S. S. Pandian, Gyan Prakash, Susie Tharu, Gayatri Chakravorty Spivak, y
AjaySkaria(2).
Como vemos los
enfoques historiográficos, desde los pioneros hasta las nuevas tendencias, son tan diversos que no se pueden pasar por
alto. Por lo que se hace necesario y
oportuno desarrollar una reflexión sobre ellos, en la medida que condicionan en
términos ideológicos el trabajo del historiador.
La Escuela de los Annales y la Nueva Historia
Hablar de la Escuela de los Annales
implica necesariamente comentar el estado de la historiografía previa, aquella
proveniente del Siglo XIX, imbuida del paradigma positivista. Ya que la
reacción contra este tipo de historia, centrada en el acontecimiento como
estructura central del devenir histórico y en la narración de las “grandes
hazañas” realizadas por generales y estadistas, suscitó la creación de lo que actualmente
se conoce con el nombre de “Nueva historia”. Asociada principalmente a los
nombres de Marc Bloch, Lucien Febvre, Fernand Braudel y Jacques Le Goff.
Representantes de tres generaciones agrupadas en torno a la revista Annales. No
obstante, también deben ser considerados como precursores de la nueva historia,
como bien lo señala Peter Burke, intelectuales decimonónicos como Burckhardt,
Comte, Spencer, Marx, entre otros. Ya que su interés por la historia radicaba
más en el estudio de las estructuras, que en los acontecimientos. (3)
Pero como
bien se pregunta Burke, ¿Qué es eso que se ha llamado nueva historia? A lo cual
responde: “el movimiento recibe su unidad sólo de aquello a lo que se opone”
(…) “así pues, se trataría, quizás, de imitar a los teólogos medievales cuando
abordaban el problema de la definición de Dios y optar por una vía negativa; en
otras palabras, de definir la nueva historia en función de lo que no es o de
aquello a lo que se oponen quienes la practican”.(4) Sobre la base de esta negación, es que este autor
establece siete puntos diferenciadores entre la vieja y la nueva historia(5).
De lo cual conviene revisar los enunciados principales:
Para el
positivismo, el objetivo esencial de la historia es la política en su relación
con el Estado. Como contraparte, la nueva historia ha acabado interesándose por
casi cualquier actividad humana. Lo que se ha manifestado en el interés por
asuntos que anteriormente se consideraban carentes de historia, como por
ejemplo: la niñez, la muerte, la locura, el clima, los gustos, el cuerpo, etc.
En segundo
lugar, los historiadores tradicionales piensan la historia como una narración
de acontecimientos; mientras que la nueva historia se dedica más al análisis de
estructuras.
En tercer
lugar, la visión tradicional de la historia se plantea desde las alturas, en el
sentido de que siempre se ha centrado en “los héroes del Estado” como:
mandatarios, generales y ocasionalmente eclesiásticos.
Como cuarto
punto de contraste, la historia tradicional se basa exclusivamente en registros
oficiales. A lo cual, los historiadores pertenecientes a la nueva historia,
responden que el apego excesivo a los documentos escritos ha dejado de lado
otro tipo de pruebas como las orales, visuales, estadísticas, etc.
En quinto
lugar, la historia positivista se considera a sí misma como una disciplina
objetiva. “El historiador debe contar los hechos tal cual ocurrieron”, es una
consigna que resuena con bastante fuerza aún en los planteles universitarios.
Pese a ello, también ha crecido en la actualidad el ideal que considera
quimérica esta proposición. Ya que por más que se luche decididamente por
evitar los prejuicios asociados al color, credo, clase social o sexo, no se
puede evitar mirar el pasado desde una perspectiva particular.
Por último,
la nueva historia generada desde Annales en adelante, ha superado el espectro
de análisis de la vieja historia, sobre todo en el impulso otorgado a la
multidisciplinariedad, en el sentido de aprender de antropólogos sociales,
economistas, críticos literarios, psicólogos y sociólogos.
Otro
enfoque que puede reforzar lo expresado con anterioridad, sobre la naturaleza
de la nueva historia, puede ser consultado en la obra de Lawrence Stone: El pasado y el presente. De donde cabe
rescatar el siguiente párrafo definitorio:
La ‘nueva historia’ que ha surgido de la gran
agitación dentro de la profesión durante los últimos cuarenta años , presenta
las siguientes características, las cuales la diferencian de las formas
historiográficas del pasado: En primer lugar, organiza su material de una nueva
manera; los libros se escriben siguiendo un orden analítico, no narrativo, y no
es coincidencia que casi todos los trabajos históricos, considerados como
relevantes en el último cuarto de siglo, hayan sido analíticos en lugar de
narrativos. En segundo lugar, plantea
nuevas preguntas; por qué las cosas ocurrieron de la manera en que lo hicieron
y cuáles fueron las consecuencias, más bien que las viejas preguntas acerca de
qué y cómo. En tercer lugar, se ocupa de nuevos problemas, primordialmente en
tres áreas todas ellas referentes a la relación entre el hombre y la sociedad
del pasado. (6)
Como se ha
visto, lo englobado bajo el concepto de “nueva historia” abarca diversas
ramificaciones brotadas del tronco antipositivista, de las cuales interesa
detenerse en la historia social y los aportes realizados a esta por la
historiografía marxista. En todo caso, el hecho de que se la presente como una
“subdivisión” de la nueva historia, no implica necesariamente renunciar a la
idea de que toda historia es social por definición.
El Marxismo en la Nueva Historia: Desarrollo de la
Historia desde Abajo y Revalidación de los Elementos Políticos
Así como se
señaló, en líneas precedentes, que la nueva historia tenía ciertos antecedentes
en pensadores del siglo diecinueve, de igual forma, se puede decir que la
historia social como disciplina los tiene también en aquella centuria.
Concretamente, en la concepción materialista de la historia desarrollada por
Marx. Expresada en formulaciones teóricas que serían una importante guía para
los historiadores sociales del Siglo XX. Un ejemplo claro de esto son los
conceptos de infraestructura y superestructura, deducidos posteriormente del
texto (Marx nunca hablo de ellos) La
Ideología Alemana:
Esta concepción de la historia, pues, se basa en
exponer el proceso real de producción - a partir de la producción material de
la vida misma- y comprender la forma de relación conectada con este modo de
producción y creada por él, a saber: la sociedad civil en sus diversas etapas,
como base de toda la historia; describirla en su actuación como el estado y
explicar también como todos los diferentes productos teóricos y formas de
conciencia, religión, filosofía, moral, etc., surgen de ella, y seguir el
proceso de su formación desde esa base; así pues, es posible, por supuesto,
presentar todo el asunto en su totalidad ( y por consiguiente, también, la
acción reciproca de estos diversos aspectos unos en otros.(7)
Las
interpretaciones posteriores que surgieron de este párrafo dividieron el
pensamiento de Marx en dos tendencias que se opusieron entre sí. Por un lado
surgió el paradigma de analizar y explicar todo fenómeno social como resultante
de una determinada formación económica (noción de infraestructura), visión que
primó casi toda la primera mitad del siglo XX y fue impulsada principalmente
por las orientaciones emanadas desde el estalinismo soviético. Para este
enfoque, la realidad era una expresión exclusiva de la estructura económica,
donde el sujeto no tenía cabida, ya que su conciencia era un reflejo de la
realidad material objetiva en la cual se encontraba inmerso. No obstante,
también se dejaban ver opciones distintas, que sin desconocer la importancia de
la base material de una sociedad determinada, reparaban en la necesidad de
explicar, de igual forma, la realidad social a través de elementos ideológicos
(noción de superestructura). Tal fue el caso del intelectual italiano Antonio
Gramsci, para quien la liberación del género humano no pasaba sólo por “destruir cosas materiales, se trata de
destruir relaciones invisibles, impalpables, incluso si se esconden detrás de
las cosas materiales”. (8)
La
oscilación del pensamiento marxista, entre una corriente estructuralista y otra
“culturalista”, devino dentro del ámbito de la historiografía, en la segunda
mitad del siglo XX, en una oposición teórica con características de crisis,
según el historiador Gabriel Salazar. Quien la ha caracterizado en los
siguientes términos:
De hecho, el quiebre teórico más profundo se dio entre la escuela francesa
(dominada a la sazón por la filosofía estructuralista de Althusser) y la
escuela inglesa (centrada en el historicismo de E. P. Thompson, P. Anderson, E.
Hobsbawm, etc.); la primera cercana a la herencia de Stalin (el socialismo
real), y la segunda centrada en una alternativa teórica con poca práctica
política aún. Sin considerar aquí la tercera posición, esencialmente
pragmática, asumida por el marxismo político italiano. El divortium acquarum lo
constituyo, sin duda, la filosofía estructuralista (…) sobre todo, porque esa
filosofía desechaba no sólo la estratégica categoría de la ‘historicidad’, sino
también la de ‘sujeto social’. (9)
No obstante, existen autores como por ejemplo, el
sociólogo Tomas Moulian, que se muestran en desacuerdo con estas afirmaciones,
pues argumentan “que el marxismo ha
vivido en crisis permanente”. Recordando, la de 1921, en tiempos de Lenin, Rosa
Luxemburgo y Gramsci. (10)
Cabe recordar, que previa y posteriormente a la
Primera Guerra Mundial, el marxismo en Europa presenta ciertas aristas que no
necesariamente coinciden entre sí. Sobre todo en los objetivos estratégicos
para alcanzar la transformación revolucionaria de la sociedad. Un ejemplo
concreto de esta situación fue la polémica Lenin-Luxemburgo sobre el papel que
debería jugar el partido en una situación revolucionaria. Para Lenin la
revolución es posible debido a los esfuerzos de una minoría organizada que
actúa no sólo sobre las condiciones objetivas, sino también subjetivas del
movimiento obrero, para desarrollar la conciencia de lucha del proletariado y
superar su tendencia natural hacia la conciencia reformista. (11)
Una posición diferente encarna la figura de Rosa Luxemburgo, para ella el
proletario prima por sobre el partido. Idea que se hace presente en la
formulación de “huelga de masas”, una situación en donde el proletariado
espontáneamente, durante el proceso de lucha social, toma conciencia de sus deberes y objetivos,
educándose a sí mismo para la revolución. En tal contexto, la misión del
partido pasa a ser determinada por “el pensamiento colectivo” de la masa y su
actuar como vanguardia debe ir estrechamente ligado al progreso en el nivel de
conciencia del proletariado. (12)
Sin duda, las discrepancias al interior del marxismo
son múltiples y complejas. Demandando un análisis infinitamente más profundo
que la somera referencia efectuada en el párrafo anterior. Lo que si resulta
importante rescatar, más allá de que se hable de una crisis puntual o
permanente del pensamiento marxista, es la enorme importancia renovadora que
implico para la historia social la aparición de la “escuela inglesa”. Esta
abarca dos generaciones: La primera de ellas agrupada en torno a la New Left Review
y vinculada al Partido Comunista Británico. Sus principales exponentes: E. P.
Thompson, cuya originalidad radica en su evolución hacia un marxismo de
vocación esencialmente cultural, antiestructural, que se ocupó sobre todo de
las formas de representación y manifestación de los contenidos de clase; y E.
J. Hobsbawn, de una visión historiográfica mucho más amplia, en el sentido de
abordar temáticas que van más allá de la historia británica. En tanto, la segunda
generación se agrupó en torno a la History Workshop. Dentro de sus
representantes más destacados cabe señalar a Raphael Samuel, Sheila Rowbothan,
G. Steadman Jones, entre otros. Importante resulta señalar que ha sido esta
tendencia la que ha puesto un especial énfasis (siguiendo la senda de Thompson
y Hobsbawm) en la idea de una historia popular, una historia desde abajo.
(13)
Quisiera
detenerme un poco en esta idea de la historia desde abajo, ya que está en
directa relación con la temática que se ha ido abordando, pues por un lado
representa una reacción legitima contra aquella historia vinculada a las elites
y por otra parte es una historia que se desarrolla en gran medida gracias a las
contribuciones de la historiografía marxista. Así lo hace ver, JimSharpe, en su
artículo historia desde abajo (14),
donde los autores paradigmáticos tocados por él son: Thompson, Hobsbawm y Carlo
Ginzburg. En torno a Thompson y su opción por la historia desde abajo señala:
“Thompson, por tanto, no solo discernía el problema general de la
reconstrucción de la experiencia de un conjunto de personas ‘corrientes’, sino
que, además, comprendía la necesidad de entender a esta gente en el pasado, en
la medida en que el historiador moderno es capaz de llevar a cabo tal
experiencia a la luz de la suya propia y de sus reacciones personales”. (15)
En relación
con el punto anterior, es de suma importancia clarificar o por lo menos
manifestar ciertas observaciones sobre dos problemáticas atingentes a la
realización de una historia desde abajo.
La primera
de ellas se refiere a los problemas presentes en la delimitación conceptual de
la historia desde abajo. “¿Dónde se ha de situar, exactamente, ese ‘abajo’ y
que habría que hacer con la historia desde abajo, una vez escrita?”(16)
Quizás, podría sostenerse que la frontera divisoria entre “un abajo” y “un
arriba” está determinada por el estudio de todo aquel sujeto o grupo humano
desprovisto de poder en las grandes decisiones de una sociedad. No obstante, si
se introducen conceptos como “clase” o “subalternidad” la respuesta a la
interrogante obviamente se complica bastante y debe ser motivo de un análisis
de mayor profundidad, que por mi parte, estimo bastante largo para
desarrollarlo aquí. Pues, habría que preguntarse por lo menos, si ese “abajo”
está constituido por los sujetos que constituyen una “clase en sí” o una “clase
para sí”(17); ¿“los de abajo” son sólo quienes clasifican dentro de
la categoría de clase, entendida en términos fundamentalmente económicos o todo
sujeto que esté sometido a relaciones subalternas?
El Rol de la Política en la
Historiografía
Este tipo de inquietudes adquiere conexión
inmediatamente con el segundo aspecto problemático de la historia desde abajo,
a saber, su dimensión política. Porque, si bien es cierto este enfoque se
comenzó a desarrollar desde una opción política determinada, también, arreciaron
algunas críticas al respecto:
Para el marxista o, de forma
más general, el socialista, el interés por la historia de los de abajo aumentó
al crecer el movimiento obrero. Y aunque esto fue un incentivo muy poderoso para estudiar la
historia del hombre corriente -en especial la de la clase obrera-, también puso
unas anteojeras muy eficaces a los historiadores socialistas. Como era natural,
estuvieron tentados de estudiar, no cualquier tipo de gente corriente, sino la
gente corriente a la que se podía considerar antecesora del movimiento: no los
obreros como tales, sino más bien como cartistas, sindicalistas, militantes
laboristas. Y también estuvieron tentados- lo cual era igualmente natural- de
suponer que la historia de los movimientos y las organizaciones que llevaron la
lucha obrera y, por tanto, en un sentido real ‘representaban’ a los
trabajadores, podía sustituir a la historia de la gente corriente misma.(18)
Este párrafo, sin duda, expresa una crítica bastante
valida sobre las motivaciones y defectos que los historiadores tuvieron en un
principio para historiar a la gente corriente. Sin embargo, dejar de lado los
elementos que configuran una determinada conciencia política y destacar los
elementos solamente “culturales” de la gente corriente (19), presenta
el riesgo de caer en una subvaloración de los grupos dotados de políticas
propias frente a las estructuras de poder y control social. No se plantea que
ambos enfoques deban negarse entre si, simplemente se apela a su tratamiento
historiográfico integrado, pues al ser la historia desde abajo también nueva
historia, fue casi un hecho que el elemento político de alguna forma fue
quedando rezagado del trabajo de los historiadores, ¿Cómo pudo ser de otra
manera?, si uno de los elementos particulares de la nueva historia era su
antagonismo con la historia política positivista. Sin embargo, ya en la década
del setenta, se puso en tela de juicio la concepción de que todo lo que se
puede rotular como nueva historia es en esencia historia sin política. Así lo
señaló, Jacques Julliard, en un artículo publicado en aquella colección que ha
resultado ser una suerte de catecismo de la tercera generación de Annales: Formas de hacer historia. Agrega
Julliard:
Así el doble fenómeno del advenimiento de las
masas y la programación de los grandes sectores de la actividad social nos
lleva a una concepción de la política infinitamente más amplia que aquella que
por lo común se admite. Si en adelante la suma del poder no reside ya en el
monarca, sino en un ‘príncipe colectivo’ (Gramci), sea el partido, el
sindicato, la administración, o el grupo de presión, entonces la política no
política no es ya asunto de psicología y moral, sino de sociología y
praxeología. La cuestión no estriba ya en saber si la historia política puede
ser inteligible, sino más bien saber si en adelante puede existir una
inteligibilidad en historia fuera de la referencia al universo político.(20)
Ahondando un
poco más en la cita anterior, sobre la ampliación del concepto de política en
historiografía, aparece como central la
referencia hecha a Antonio Gramsci, que antes de Michel Foucault concibe el
poder -elemento central de la política- como una compleja trama de relaciones
dinámicas, presentes a lo largo de la sociedad y condicionadas históricamente.
Este argumento subyace a una concepción del mundo sistemática y coherente
(filosofía de la praxis) bajo el concepto de “bloque histórico”, entendido
básicamente como “unidad entre la naturaleza y el espíritu (estructura y
superestructura), unidad de los contrarios y de los distintos”. Gramsci hace
notar, que tanto la estructura como la superestructura, presentan diferentes
expresiones según los criterios de distinción con los cuales se las analice
para una determinada realidad histórica. Siendo la actividad política el primer
momento en la afirmación voluntaria, indistinta y elemental en el terreno de
las superestructuras ideológicas. De ahí sus discrepancias contra la posición
asumida por Benedetto Croce, para quien detrás de las “apariencias” de las
superestructuras ideológicas se presenta “el dios oculto” de la estructura.
Gramsci ironiza sobre la postura asumida por Croce, ya que en el sistema de
relaciones sociales elementos propios de la estructura como ‘técnica’,
‘trabajo’, ‘clase’, etc. deben ser tratados históricamente y no
‘metafísicamente’ (alusión a la inmutabilidad sobre la estructura, desprendida
del pensamiento de Croce). Para Gramsci referirse a las superestructuras
ideológicas bajo la noción de “apariencias” sólo es válido cuando estas
históricamente se han vuelto caducas dado el desarrollo dialéctico de todo
sistema de ideas.
Si corrientemente la política es definida como la
administración del ejercicio del poder, en el pensamiento de Gramsci se deben
cumplir ciertas condiciones para que este ejercicio sea en parte posible, junto
a su compleja gama de interrelaciones. Es así como se pueden identificar
ciertos núcleos temáticos determinados por: legitimidad y proyecto; una
concepción amplia de partido político; y el análisis de situaciones que conllevan
a correlaciones de fuerza.
En el primer aspecto mencionado, legitimidad y
proyecto, se parte del hecho primordial de que la sociedad tal cual la
conocemos hoy en día se ha dividido históricamente entre dirigentes y
dirigidos; gobernantes y gobernados. Para Gramsci esta constatación constituye
un problema en sí que condiciona todo el espectro de la acción política. En tal
sentido, de esta situación se debe extraer el máximo de eficacia en torno a un
determinado propósito de dirección, donde el papel de la dirigencia es
relevante en su formación y reproducción; en tanto que se deben trazar además
lineamientos racionales para que los dirigidos acepten una determinada
condición de subordinados. Para todo pensador libertario, esta es una situación
que conlleva una contradicción esencial, sobre todo si el fin último de toda
reflexión está determinado por la abolición de la sociedad de clases, las
relaciones de poder y la subalternidad presente en ella. De ahí que el autor
mencionado pregonara con gran énfasis dos premisas sobre la formación de los
dirigentes:
“¿Se quiere que existan siempre gobernados y
gobernantes o bien se quieren crear las
condiciones para que desaparezca la necesidad de esta división?; ¿Se parte de
la premisa de la perpetua división del género humano o se cree que ésta es
únicamente un hecho histórico, que responde a ciertas condiciones?”(21)
Por otra parte, la formación de una determinada
dirigencia política está en estrecha relación con el asunto de la
legitimidad. Pues la división entre gobernantes
y gobernados también se encuentra presente en grupos sociales homogéneos. Al
proclamarse el principio del grupo, usualmente ocurre que se exige
automáticamente la obediencia de los dirigidos sin que medie argumentación
racional al respecto. Sin duda, para toda agrupación que busque la negación de
este tipo de conductas se hace necesario no imponer la obediencia; sino que
exigirla sobre la base de lineamientos razonables a seguir, para alcanzar un
determinado grado de legitimidad que posibilite la acción política.
La legitimidad permite la cohesión entre dirigentes y
dirigidos para actuar, pero dicha legitimidad posee valor en la medida en que
existe un proyecto histórico a realizar, que en la terminología de Gramsci,
puede ser perfectamente identificable bajo el concepto “espíritu estatal”.
La noción de “espíritu estatal” supone que en todo
movimiento, que no sea la expresión de ciertos individualismos, se presenta un
proyecto que puede históricamente avanzar hacia el pasado o el futuro; representar
a las fuerzas reaccionarias de la historia, asociadas fundamentalmente a la
tradición; o a las fuerzas progresivas de la historia que luchan por una nueva
forma de organización de la existencia humana. Como continuidad histórica el
“espíritu estatal” puede apreciarse en el fragmento utilizado como epígrafe al
inicio de este Blog (22). Expresión que engloba un sentido profundo
por entender la historia y la potencialidad para transformarla. He ahí la
importancia y “la responsabilidad de este proceso, de ser actores de este
proceso, de ser solidario de fuerzas materiales ‘ignotas’ pero que se sienten
operantes y activas y que se tienen en cuenta como si fuesen ‘materiales’ y
corporalmente presentes”. (23)
En la visión de Gramsci, los elementos enunciados hasta
el momento, resultan imposibles de conjugarse entre sí de no existir una
entidad específica que los organice. Este aspecto da lugar a la reflexión sobre
el segundo núcleo temático mencionado en líneas anteriores: el partido
político.
Hemos apreciamos como
Jacques Julliard hace alusión a la presencia del poder en el “príncipe
colectivo gramsciano”: una entidad mucho más amplia de cómo usualmente el
hombre medio suele razonar sobre los partidos políticos. En el pensamiento del
filósofo italiano “‘los partidos’ pueden presentarse bajo los nombres más
diversos, incluso bajo el nombre de antipartido y de ‘negación de los partidos’”
(24). Un claro ejemplo de la diversidad asociada a los partidos puede
observarse en la denominación de “intelectualidad orgánica”. Frente a la
interrogante de: ¿si necesariamente debe existir la acción política directa
para que se pueda hablar de partido político?, Gramsci responde que no
necesariamente. Para ello precisa que un partido rara vez es una entidad
homogénea, sino que más bien se constituye de variadas tendencias que incluso
pueden ser antagonistas entre sí. Cada tendencia pasa a ser otro “partido” al
interior del mismo partido político. Sin embargo, existe una entidad que se
encuentra por encima de cada facción y a la vez cada una de ellas la reconoce
como válida, pasando a ser definida como el Estado Mayor Intelectual del
partido orgánico. La amplitud de esta definición puede apreciarse perfectamente
en la siguiente formulación:
El Estado Mayor intelectual
del partido orgánico no pertenece, a menudo a ninguna de estas fracciones
[tendencias presentes en cualquier partido político] sino que opera como si
fuese una fuerza dirigente que se sostiene por sí misma, superior a los
partidos y a veces considerada como tal por el público. Esta función se puede
estudiar con más precisión si se parte
del punto de vista de que un periódico (o un grupo de periódicos), una revista
(o un grupo de revistas), también son ‘partidos’ o ‘fracciones de partidos’ o
‘funciones de un partido determinado’(25).
La certeza de esta formulación sobre el concepto de un
partido por sobre los partidos, puede graficarse perfectamente en la función
que ha cumplido en Chile el consorcio conservador liderado por el diario El
Mercurio; o en el ámbito de la política partidista tradicional, el rol jugado
por personalidades como: Edgardo Boeninger y Jaime Castillo Velasco,
ligados a la Democracia Cristiana.
En cuanto al amplio espectro de las tendencias de izquierda y
libertarias, no sería exagerado señalar que en la actualidad, la función de
intelectualidad orgánica ha recaído en las disciplinas de la historiografía y
las ciencias sociales; ya que historiadores como Gabriel Salazar, Sergio Grez o
el sociólogo Tomas Moulian son incorporados para el análisis político por diversos
sectores.
Bien puede señalarse que quien controla la cultura, controla a su vez la
política. O por lo menos, posee un radio de acción importante para la difusión
de planteamientos que han de buscar su realización en la materialidad.
Tal vez se pueda interrogar el
lector de este trabajo: ¿a razón de que se ha hecho toda esta exposición sobre
el pensamiento de Gramsci acerca del partido político? ¿Cuál es su valor
historiográfico? La respuesta ha de encontrarse en el hecho de que el autor
italiano considera que acercarse a la historia de un partido es a su vez
adentrarse en la historia de un país desde un punto de vista monográfico. Al
respecto, su línea argumentativa, va más allá de la simple consideración de un
grupo dirigencial y las bases constituyentes de una organización política al
señalar que “La historia de un partido tendrá que ser forzosamente la historia
de un grupo social. Pero este grupo no está aislado; tiene amigos,
simpatizantes, adversarios, enemigos. La historia de un determinado partido
sólo resultara del complejo cuadro de todo el conjunto social y estatal”.(26)
A lo cual se debe agregar también la necesidad histórica que ha de dar vida al
partido, sobre todo cuando las ideas que congrega tienen alguna posibilidad de
conquistar mayores espacios de poder al interior de la sociedad.
¿Pero cómo se ha de reconocer el momento histórico indicado en que se
hace urgente la coordinación de tendencias ideológicas, que hipotéticamente
persiguiendo un mismo fin, se encuentren atomizadas por sus diferencias?
Para Antonio Gramsci la respuesta se encuentra en el análisis de las
fuerzas históricas operantes entre estructura y superestructura, sobre la base
de dos principios que define como elementales:
- Ninguna sociedad se plantea tareas para cuya solución no existen ya o están, por lo menos, en vía de aparición y desarrollo, las condiciones necesarias y suficientes de sus sustitución.
- Ninguna sociedad desaparece y puede ser sustituida si antes no se han desarrollado todas las formas de vida que están implícitas en sus relaciones.
Ambos principios han de enmarcarse en la denominación de movimiento
orgánico y movimiento coyuntural que constituyen conceptos análogos a lo que en
historiografía se conoce como fenómenos de larga duración y fenómenos de corta
duración. Así un movimiento coyuntural da origen a una crítica menuda, que
puede comprometer a un grupo social reducido y que políticamente puede alcanzar
una resolución en la inmediatez del poder; en cambio un movimiento orgánico
implica una crítica de mayor profundidad, una crítica que es definida como
histórico-social y que compromete a múltiples sectores de la sociedad en un
tiempo prolongado. Esta modalidad critica, cuando adquiere condiciones de
crisis, se va manifestando en una serie de polémicas y antagonismos que
comienzan a hacerse patentes en el ámbito: ideológico, religioso, filosófico,
político, jurídico, etc. Dividiendo a
las fuerzas sociales en bandos que cada vez se van haciendo irreconciliables
entre si y que han de resolver históricamente el conflicto. Hablándose de un
sentido progresivo si la solución al conflicto es a favor de las fuerzas que
abogan por una nueva forma de organización de la existencia, de acuerdo a
postulados utópicos; En cambio, si el conflicto se resuelve a favor de las
fuerzas partidarias de la tradición la realidad resultante es considerada como
regresiva, en el sentido de que las bases de la sociedad capitalista se
mantienen intactas o pueden profundizarse aún más.
Al encontrarse una sociedad en procesos de cambios, Proyecto y Partido
Político, van haciéndose cada vez más representativos de las clases en pugna.
Por lo que se hace necesario estimar las posibilidades que tiene cada grupo de
volverse hegemónico y es precisamente en aquel instante que adquiere relevancia
el tercer aspecto de la reflexión gramsciana: el análisis de situaciones y
correlaciones de fuerza.
El análisis de situaciones y correlaciones de fuerza implica, por un
lado, algunos aspectos a los que ya se ha hecho referencia como: el hecho de
que ninguna sociedad se plantea ser sustituida si ya no se han formado o están
en vías de formación las condiciones necesarias para su reemplazo, evidenciable
en los procesos orgánicos (larga duración) y coyunturales que ocurren a nivel
de estructura y superestructura. Una vertiente de este mismo problema,
desarrollado por Gramsci, es el tema de las Correlaciones de Fuerzas (27).
En donde conviene detenerse con especial atención, sobre todo por las
implicancias analíticas que aquella noción reviste para entender, reflexionar y
polemizar con la información presentada en este trabajo de investigación.
(28)
Como bien señala Gramsci, con bastante frecuencia se oye en el ámbito de
la historiografía y las ciencias sociales la expresión: “correlación de fuerzas
favorables o desfavorables a tal o cual tendencia” (29) ¿Pero qué
significa esta expresión? El primer alcance que se realiza al respecto es que
siempre debe ser considerada como una regla de interpretación e investigación
por sobre cualquier otra finalidad. Enunciado este aspecto, las correlaciones
de fuerzas se clasifican esencialmente en:
a) Correlaciones de fuerzas sociales objetivas.
Presentes fundamentalmente en la estructura e independientes de la voluntad de
los hombres, son el resultado del desarrollo de las fuerzas productivas de una
sociedad y permiten establecer el grado de realismo para su transformación.
b)
Correlaciones de fuerzas políticas. Este tipo de
correlaciones constituyen el momento en que diversos grupos sociales logran
establecer expresiones de homogeneidad, autoconciencia y organización.
Oscilando la conciencia política colectiva desde el elemental interés
económico-corporativo hasta la fusión de los intereses de un grupo social
hegemónico con los intereses de otros grupos subalternos. Es lo que se conoce
como “la fase más claramente política, que marca la transición neta de la
estructura a la fase de las superestructuras complejas; es la fase en que las
ideologías que han germinado anteriormente se convierten en ‘partido’, se
enfrentan y luchan hasta que una sola de ellas, o por lo menos, una sola
combinación de ellas tiende a prevalecer, a imponerse, a difundirse en toda el
área social, determinando además de la unicidad de los fines económicos y
políticos la unidad intelectual y moral, planteando todas las cuestiones en
torno a las cuales hierve la lucha, no solo en el plano corporativo sino
universal”(30).
c)
Correlaciones de
fuerzas militares. Constituyen una extensión de las correlaciones de
fuerza a nivel político y presentan un carácter decisivo. Están conformadas por
dos aspectos centrales, que a su vez pueden combinarse de múltiples formas. El
primero de ellos obedece a las correlaciones de fuerza técnico-militares; en
tanto que el segundo aspecto se enmarca en lo político-militar. Siendo este último
el elemento decisivo, ya que engloba el proyecto y la cohesión necesaria para
determinar el tipo de acción militar propiamente tal. (31)
Como bien es posible apreciar en las páginas anteriores, el rol que ha de
jugar la política en la interpretación de los procesos históricos necesita de
un redireccionamiento que supere el prejuicio asociado a la tradición positivista.
Sobre todo cuando se busca indagar el pasado desde una perspectiva que tiene
por objetivo rescatar para la memoria de nuevas generaciones los proyectos de
transformación inconclusos de aquel colectivo humano que bajo diversas
denominaciones -‘pueblo’, ‘baja sociedad civil’, ‘proletariado’- ha englobado a
la gente común. Al realizar la historia de los diversos sectores sociales y
subculturas presentes en los conceptos nombrados con anterioridad puede que por
necesidades propias del tipo de investigación a realizar se dé mayor relevancia
a elementos organizativos, culturales o emotivos presentes en la información
historiográfica recabada, pero en modo alguno debe ser dejada al margen la
contextualización socio política de la historia a realizar. Así por ejemplo si
se buscara historiar el rock de mediados de la década de los `80 en Chile, con
tendencias emergentes en ese entonces como el Punk y el Thrash, sería imposible
comprender el nivel de discriminación y represión policial contra jóvenes punks
y Thrashers sin una referencia al contexto político de la época. Tal vez pueda
presentarse la objeción de que en una historia fundamentalmente culturalista
como la de la música se hace innecesaria una reflexión socio política; sin
embargo, en muchas ocasiones la música se transforma en cruda denuncia de las
formas de vida de una época o en sublimación de una tragedia colectiva como en
el caso del rock británico de las décadas del ´60 y ´70.
En la historiografía chilena el debate sobre el rol que compete a la política
en el desarrollo de una nueva historia ha sido planteado por el historiador Sergio Grez, quien a su vez polemiza
con su colega Gabriel Salazar, en torno a la interrogante de ¿Cómo escribir la
historia de los sectores populares?, precisando: ¿Con o sin política incluida?
(32)
Entre los argumentos esgrimidos por Grez destacan la
crítica a una eventual despolitización del estudio de los sujetos populares
como resultado de la interpretación errónea de una arista de la Nueva historia
(abordada en páginas anteriores) y la perdida de interés historiográfico por el
estudio del sujeto popular con conciencia política.(33) En tal
sentido se sostiene:
La puesta en relieve de otros sujetos históricos como
el peonaje, los vagabundos y marginales de todo tipo, ha redundado en la
reconstrucción de historias predominantemente ‘culturalistas’ en las que
frecuentemente estos sujetos aparecen como objetos de las políticas de la
elite, pero raramente como actores de la política porque en ciertos momentos
históricos carecían de estas capacidades o porque, desde que su propia
transformación social y cultural hizo de ellos hombres plenamente políticos,
dejaron de ser atractivos para aquellos investigadores que valoraban su ‘ser
natural’ .(34)
Resulta complicado manifestar un total acuerdo
con la crítica de Sergio Grez, más aún cuando se ha profundizado sobre el
pensamiento de Gramsci con miras a una mayor revalorización de la política en
la historiografía y donde se hace necesario precisar que lo político y no
político constituyen elementos inseparables en una filosofía de la praxis. Tal
vez puede ser que la crítica formulada se desplace más bien hacia los
discípulos de Gabriel Salazar que hacia su obra, sobre todo cuando se piensa en
el capitulo Niñez
y juventud de Historia
Contemporánea de Chile V, en donde para nada los sujetos populares permanecen desprovistos o al
margen de la política.
Independiente
del “ser político” o “el ser natural” de los sujetos populares, ambas
condiciones se encuentran permeadas por
dinámicas de poder presentes en toda sociedad de clases. Tanto el luchador
social como el marginal sin mayor conciencia forman parte de la historia desde
abajo, de ese terreno de contienda por
un futuro mejor, donde se afirman identidades y pugnan ideologías que buscan
mantener o transformar la realidad existente.
Notas Bibliográficas
1 Soler, Leticia. Historia de la historiografía [En línea]. A.N.E.P. CO.DI.CEN,DIRECCIÓN DE FORMACIÓN Y PERFECCIONAMIENTO
DOCENTE, Departamento de Educación a Distancia, 2002. p. 54 http://www.dfpd.edu.uy/web_08/otros/materiales/historia/pdfs/historiografia.pdf
2 Chakrabarty,
Dipesh. Una pequeña historia de los
estudios subalternos [En línea]. Anales de desclasificación, documentos
complementarios, <www.desclasificacion.org>
3 Burke, Peter. Formas de hacer historia. Madrid,
Alianza editorial, 2003. p.21
4 Ibíd.,
p.13
5 Ibíd., pp. 14-19
6 Stone, Lawrence. El
pasado y el presente. México, Fondo de cultura
económica, 1981. pp. 34 - 35
7 Marx, Karl y Engels, Friedrich.La ideología alemana. Barcelona, Eina, 1988. p.24
8 Massardo, Jaime.Gramsci. Santiago, Bravo y Allende editores, 2001. p.118
9 Salazar, Gabriel La historia desde abajo y desde adentro.
Departamento de teoría de las artes facultad de artes Universidad de Chile. pp.
48-49
10 Ibíd., p.53
11 Fages, J. B. Introducción a las diferentes interpretaciones del marxismo. Barcelona, Oikos-tau, 1977. pp. 27-28
12 Ibíd., pp. 77-78
13 Aróstegui,
Julio. La investigación histórica: teoría
y método. Barcelona, Editorial crítica, 2001. 122 p.
14 Sharpe, Jim. Historia desde abajo. En: BURKE
P. Formas de hacer historia. Madrid,
Alianza editorial, 2003. pp. 38 - 58
15 Ibíd., p. 41
16 Ibíd., p. 42
17 Para Marx, la
dominación del capital, ha creado una clase por esencia antagónica a la nueva
forma de organización de la existencia humana y que está dotada de elementos
comunes que la distinguen, los que
constituyen su “ser natural” al interior de la sociedad. Pero cuando esta clase
adquiere conciencia de sus intereses y de la condición de explotación que
aqueja a sus integrantes, pasando a impulsar procesos de luchas sociales frente
a las clases propietarias, sólo en aquel entonces, “la clase en si” se transforma en “una clase para sí” y toma conciencia de su
protagonismo histórico. Luis Vitale, Las manifestaciones de conciencia de clases
en el movimiento obrero latinoamericano. En: Cuadernos marxistas
latinoamericanos de educación política, Venezuela, Ediciones el topo obrero,
1982. p.3
18 Hobsbawm, Eric. Sobre la historia desde
abajo. En: HOBSBAWM, ERIC. Sobre la historia. Barcelona, Critica,
1997. p 207
19 Con esta
afirmación me refiero concretamente a: “la concepción del mundo absorbida
acriticamente por los diversos ambientes sociales y culturales en que se
desarrolla la individualidad moral del hombre medio”. Antonio Gramsci, La política y el estado moderno.
Barcelona, Editorial Planeta-De Agostini, 1993. p. 9
20 Julliard, Jacques La política. En:
Le Goff, Jacques y Nora, Pierre Hacer la
historia. Barcelona, Laia, 1978. p. 243
21 Gramsci, Op.cit.,
p.80
22 Nos sentimos
solidarios de los hombres que hoy son viejísimos y que representan para
nosotros ‘el pasado’ que todavía vive entre nosotros, el pasado que debemos
conocer, con el que hay que ajustar cuentas, y que constituye uno de los elementos
del presente y una de las premisas del futuro. También nos sentimos solidarios
de los niños, de las generaciones que nacen y crecen y de las que somos
responsables. Ibíd. pp. 82-83.
23 Ibíd., p.82
24 Ibíd.
25 Ibíd.,p.84
26 Ibíd., p. 86
27 Ibíd., pp. 111-117
28 Resulta difícil no imaginar que el lector, en
algún momento, estime que toda esta profundización sobre el pensamiento de
Gramsci constituya una digresión del texto. En tal caso, se apela a su
comprensión, pero se hacía estrictamente necesario abordar esta problemática.
29 Ibíd., p.111
30 Ibíd., p.113
31 Nota: Para una comprensión mucho
más concreta de las correlaciones de fuerza descritas, se estima necesario
incorporar las ejemplificaciones realizadas por Gramsci para cada una de ellas.
En tal sentido, cuando se habla de correlaciones sociales objetivas en el texto
se hace alusión a la “realidad rebelde” que el pensador italiano define señalando
que “nadie puede modificar el número de fábricas y de los hombre que en ellas
trabajan, el número de las ciudades y población urbana existente, etc.” Hechos
que escapan a la voluntad humana y que constituyen la arcilla de la
transformación histórica.
Cuando se abordan las correlaciones de
fuerzas políticas, las ejemplificaciones son construidas sobre la base de la
transformación del interés económico-corporativo en interés multisectorial,
identificándose cierta secuencia en la adquisición de la conciencia política
colectiva. Es así como la primera fase, la del interés económico-corporativo,
se define utilizando el ejemplo de: “un comerciante siente que ‘tiene que’ ser
solidario de otro comerciante, un fabricante de otro fabricante, etc., pero el
comerciante no se siente todavía solidario del fabricante; es decir, se siente
la unidad homogénea, y el deber de organizarla, del grupo profesional, pero
todavía no la del grupo social más vasto”. La segunda fase pasa a ser definida
como el instante en que los miembros de una clase buscan la afirmación como
grupo en el ámbito de la igualdad político-jurídica con los sectores
dominantes. Finalmente la tercera etapa es caracterizada como el instante en
que se supera el interés corporativo para transformarse en interés no sólo del
grupo que originalmente lo representaba, sino que también de los sectores que
se presentan como subordinados.
En cuanto a las correlaciones de fuerzas
militares, no sólo basta con una
determinada supremacía bélica, en el sentido técnico, sino que se pone énfasis
en lo que realmente causa el desequilibro entre las correlaciones en pugna que es el factor político-militar.
Se pone por ejemplo “la relación de
opresión militar de un Estado sobre una nación que intenta
alcanzar su independencia estatal. La relación no es puramente militar, sino
político-militar; de hecho, este tipo de opresión seria inexplicable sin el estado de
disgregación social del pueblo oprimido y la pasividad de su mayoría; por consiguiente
, la independencia no podrá alcanzarse con fuerzas puramente militares, sino
con fuerzas militares y político-militares”. En concordancia con el
razonamiento del ejemplo, se establece un método que ha sido y sin duda seguirá
siendo utilizado a lo largo de la historia: “ Al principio, pues, la nación
oprimida opondrá a la fuerza militar hegemónica una fuerza que sólo es
‘política-militar’, es decir, opondrá una forma de acción política que tenga la
virtud de determinar reflejos de carácter militar en el sentido de : a) que sea
eficaz para disgregar íntimamente la
eficiencia bélica de la nación
hegemónica; b) que constriña la fuerza
militar hegemónica a diluirse y dispersarse en un gran territorio, anulando
gran parte de eficiencia bélica”. Ibíd. pp. 112-117.
32 Grez, Sergio. Escribir la historia de los sectores
populares. ¿con o sin política incluida? Política (44): pp. 17-31
Otoño 2005
33 La crítica a
Gabriel Salazar y a “la escuela” desarrollada por él, puede ser apreciada
íntegramente en el párrafo siguiente, donde resulta prácticamente imposible no
evocarLabradores, peones y proletarios:“cabe agregar que el ascendiente de la Escuela de los Anales se ha
hecho sentir- de manera indirecta y sutil- en la historiografía del ‘pueblo
llano’ bajo la forma de una historia con la política excluida. El rechazo a la
‘interpretación alucinantemente política’ de los procesos históricos., ha
llevado a algunos historiadores sociales a postular (sino en la teoría, al
menos en los hechos) una historia de ‘los de abajo’ vaciada de su acción
política. La puesta en relieve de otros sujetos históricos como el peonaje, los
vagabundos y marginales de todo tipo, ha redundado en la reconstrucción de
historias predominantemente ‘culturalistas’ en las que frecuentemente estos
sujetos aparecen como objetos de las políticas de la elite, pero raramente como
actores de la política porque en ciertos momentos históricos carecían de estas
capacidades o porque, desde que su propia transformación social y cultural hizo
de ellos hombres plenamente políticos, dejaron de ser atractivos para aquellos
investigadores que valoraban su ‘ser natural’. De la apología al racionalismo,
la modernidad, las ideologías de redención social, los proyectos y vanguardias
políticas, se ha pasado casi sin matices a la valoración de la ‘barbarie’, lo
espontáneo, pre- moderno, irracional y sensual”. Ibíd., p. 21
34 Ibíd., p. 21
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