Algunas Reflexiones Historiográficas a partir de la Nueva Historia, desde Abajo y con la Política Incluida

El artículo que se presenta a continuación tiene por finalidad aportar modestamente al desarrollo de algunas ideas que puedan ser de utilidad para quienes sienten curiosidad e interés por el estudio de la historia como disciplina de conocimiento y han sido tomadas de un trabajo académico de pre grado universitario, realizado por el profesor de historia Hugo Oliva Palacios, adaptándose algunos contenidos para ser publicados en este blog. 






Algunas Reflexiones Historiográficas a partir de la Nueva Historia, desde Abajo y con la Política Incluida
Pretender escribir sobre la complejidad de los hechos acontecidos en el pasado, implica necesariamente ocuparse antes de los caminos teóricos y metodológicos, que han de conducir a desentrañar las claves que permitan hacer mucho más inteligible aquel pasado, que la tristemente célebre “historia oficial” se ha empeñado en distorsionar, omitir o lisa y llanamente borrar. Es por ello, que una aproximación cabal a la comprensión explicativa de lo acontecido, y de lo que acontece en aquella magnitud continua que es el tiempo, no puede ser abordada de forma satisfactoria dejando de lado el conjunto de nociones que guíen la reflexión teórica sobre cómo y qué historia desarrollar. En tal sentido, se puede sostener que esta situación exhorta, por lo menos, a dar cuenta de los fundamentos historiográficos a los cuales se pretende adscribir y que necesariamente se hace conveniente desarrollar en el transcurso de este artículo.

Por consiguiente, la primera afirmación que se debe realizar al respecto, apunta en dirección de reconocer la influencia de la historiografía francesa desarrollada a partir de 1929, bajo la conducción de la revista Annales, y de la historiografía marxista que se va desarrollando en Occidente después de la Segunda Guerra Mundial. El influjo de estas corrientes, así como la ampliación de los campos de estudios generados a partir de ellas, es lo que a continuación se procederá a detallar. Pues cabe consignar, que estas dos tradiciones historiográficas, son los pilares fundamentales de la renovación historiográfica del Siglo XX. Es a partir de ellas que surgen nuevos enfoques investigativos como: la historia serial, con historiadores economistas como: E. Labrousse, J. Meuvret y G. Imbert; la historia cuantitativa con Kuznets y Jean Marczewski; la New Economic History con A. Fishlow y R.W. Fogel y los trabajos  de A. H. Conrad y J.R. Meyer sobre la estructura económico-social norteamericana(1). Por otra parte, desde la tradición marxista, es clara su enorme influencia en el desarrollo de los Estudios Subalternos y Postcoloniales –una verdadera novedad entre quienes aspiramos a convertirnos en historiadores– siendo sus representantes más destacados: Ranajit Guha, Shahid Amin, David Arnold, Gautam Bhadra, Dipesh Chakrabarty, Partha Chatterjee, David Hardiman, Sudipta Kaviraj, Shail Mayaram, Gyan Pandey, M. S. S. Pandian, Gyan Prakash, Susie Tharu, Gayatri Chakravorty Spivak, y AjaySkaria(2).

Como vemos los enfoques historiográficos, desde los pioneros hasta las nuevas tendencias,  son tan diversos que no se pueden pasar por alto. Por lo que se hace  necesario y oportuno desarrollar una reflexión sobre ellos, en la medida que condicionan en términos ideológicos el trabajo del historiador.

La Escuela de los Annales y la Nueva Historia

Hablar de la Escuela de los Annales implica necesariamente comentar el estado de la historiografía previa, aquella proveniente del Siglo XIX, imbuida del paradigma positivista. Ya que la reacción contra este tipo de historia, centrada en el acontecimiento como estructura central del devenir histórico y en la narración de las “grandes hazañas” realizadas por generales y estadistas, suscitó la creación de lo que actualmente se conoce con el nombre de “Nueva historia”. Asociada principalmente a los nombres de Marc Bloch, Lucien Febvre, Fernand Braudel y Jacques Le Goff. Representantes de tres generaciones agrupadas en torno a la revista Annales. No obstante, también deben ser considerados como precursores de la nueva historia, como bien lo señala Peter Burke, intelectuales decimonónicos como Burckhardt, Comte, Spencer, Marx, entre otros. Ya que su interés por la historia radicaba más en el estudio de las estructuras, que en los acontecimientos. (3)

Pero como bien se pregunta Burke, ¿Qué es eso que se ha llamado nueva historia? A lo cual responde: “el movimiento recibe su unidad sólo de aquello a lo que se opone” (…) “así pues, se trataría, quizás, de imitar a los teólogos medievales cuando abordaban el problema de la definición de Dios y optar por una vía negativa; en otras palabras, de definir la nueva historia en función de lo que no es o de aquello a lo que se oponen quienes la practican”.(4) Sobre la base de esta negación, es que este autor establece siete puntos diferenciadores entre la vieja y la nueva historia(5). De lo cual conviene revisar los enunciados principales:

Para el positivismo, el objetivo esencial de la historia es la política en su relación con el Estado. Como contraparte, la nueva historia ha acabado interesándose por casi cualquier actividad humana. Lo que se ha manifestado en el interés por asuntos que anteriormente se consideraban carentes de historia, como por ejemplo: la niñez, la muerte, la locura, el clima, los gustos, el cuerpo, etc.

En segundo lugar, los historiadores tradicionales piensan la historia como una narración de acontecimientos; mientras que la nueva historia se dedica más al análisis de estructuras.

En tercer lugar, la visión tradicional de la historia se plantea desde las alturas, en el sentido de que siempre se ha centrado en “los héroes del Estado” como: mandatarios, generales y ocasionalmente eclesiásticos.

Como cuarto punto de contraste, la historia tradicional se basa exclusivamente en registros oficiales. A lo cual, los historiadores pertenecientes a la nueva historia, responden que el apego excesivo a los documentos escritos ha dejado de lado otro tipo de pruebas como las orales, visuales, estadísticas, etc.

En quinto lugar, la historia positivista se considera a sí misma como una disciplina objetiva. “El historiador debe contar los hechos tal cual ocurrieron”, es una consigna que resuena con bastante fuerza aún en los planteles universitarios. Pese a ello, también ha crecido en la actualidad el ideal que considera quimérica esta proposición. Ya que por más que se luche decididamente por evitar los prejuicios asociados al color, credo, clase social o sexo, no se puede evitar mirar el pasado desde una perspectiva particular.

Por último, la nueva historia generada desde Annales en adelante, ha superado el espectro de análisis de la vieja historia, sobre todo en el impulso otorgado a la multidisciplinariedad, en el sentido de aprender de antropólogos sociales, economistas, críticos literarios, psicólogos y sociólogos.

Otro enfoque que puede reforzar lo expresado con anterioridad, sobre la naturaleza de la nueva historia, puede ser consultado en la obra de Lawrence Stone: El pasado y el presente. De donde cabe rescatar el siguiente párrafo definitorio:

La ‘nueva historia’ que ha surgido de la gran agitación dentro de la profesión durante los últimos cuarenta años , presenta las siguientes características, las cuales la diferencian de las formas historiográficas del pasado: En primer lugar, organiza su material de una nueva manera; los libros se escriben siguiendo un orden analítico, no narrativo, y no es coincidencia que casi todos los trabajos históricos, considerados como relevantes en el último cuarto de siglo, hayan sido analíticos en lugar de narrativos.  En segundo lugar, plantea nuevas preguntas; por qué las cosas ocurrieron de la manera en que lo hicieron y cuáles fueron las consecuencias, más bien que las viejas preguntas acerca de qué y cómo. En tercer lugar, se ocupa de nuevos problemas, primordialmente en tres áreas todas ellas referentes a la relación entre el hombre y la sociedad del pasado. (6)

Como se ha visto, lo englobado bajo el concepto de “nueva historia” abarca diversas ramificaciones brotadas del tronco antipositivista, de las cuales interesa detenerse en la historia social y los aportes realizados a esta por la historiografía marxista. En todo caso, el hecho de que se la presente como una “subdivisión” de la nueva historia, no implica necesariamente renunciar a la idea de que toda historia es social por definición.

El Marxismo en la Nueva Historia: Desarrollo de la Historia desde Abajo y Revalidación de los Elementos Políticos

Así como se señaló, en líneas precedentes, que la nueva historia tenía ciertos antecedentes en pensadores del siglo diecinueve, de igual forma, se puede decir que la historia social como disciplina los tiene también en aquella centuria. Concretamente, en la concepción materialista de la historia desarrollada por Marx. Expresada en formulaciones teóricas que serían una importante guía para los historiadores sociales del Siglo XX. Un ejemplo claro de esto son los conceptos de infraestructura y superestructura, deducidos posteriormente del texto (Marx nunca hablo de ellos) La Ideología Alemana:

Esta concepción de la historia, pues, se basa en exponer el proceso real de producción - a partir de la producción material de la vida misma- y comprender la forma de relación conectada con este modo de producción y creada por él, a saber: la sociedad civil en sus diversas etapas, como base de toda la historia; describirla en su actuación como el estado y explicar también como todos los diferentes productos teóricos y formas de conciencia, religión, filosofía, moral, etc., surgen de ella, y seguir el proceso de su formación desde esa base; así pues, es posible, por supuesto, presentar todo el asunto en su totalidad ( y por consiguiente, también, la acción reciproca de estos diversos aspectos unos en otros.(7)

Las interpretaciones posteriores que surgieron de este párrafo dividieron el pensamiento de Marx en dos tendencias que se opusieron entre sí. Por un lado surgió el paradigma de analizar y explicar todo fenómeno social como resultante de una determinada formación económica (noción de infraestructura), visión que primó casi toda la primera mitad del siglo XX y fue impulsada principalmente por las orientaciones emanadas desde el estalinismo soviético. Para este enfoque, la realidad era una expresión exclusiva de la estructura económica, donde el sujeto no tenía cabida, ya que su conciencia era un reflejo de la realidad material objetiva en la cual se encontraba inmerso. No obstante, también se dejaban ver opciones distintas, que sin desconocer la importancia de la base material de una sociedad determinada, reparaban en la necesidad de explicar, de igual forma, la realidad social a través de elementos ideológicos (noción de superestructura). Tal fue el caso del intelectual italiano Antonio Gramsci, para quien la liberación del género humano no pasaba sólo por “destruir cosas materiales, se trata de destruir relaciones invisibles, impalpables, incluso si se esconden detrás de las cosas materiales”. (8)

La oscilación del pensamiento marxista, entre una corriente estructuralista y otra “culturalista”, devino dentro del ámbito de la historiografía, en la segunda mitad del siglo XX, en una oposición teórica con características de crisis, según el historiador Gabriel Salazar. Quien la ha caracterizado en los siguientes términos: 

De hecho, el quiebre teórico más profundo se dio entre la escuela francesa (dominada a la sazón por la filosofía estructuralista de Althusser) y la escuela inglesa (centrada en el historicismo de E. P. Thompson, P. Anderson, E. Hobsbawm, etc.); la primera cercana a la herencia de Stalin (el socialismo real), y la segunda centrada en una alternativa teórica con poca práctica política aún. Sin considerar aquí la tercera posición, esencialmente pragmática, asumida por el marxismo político italiano. El divortium acquarum lo constituyo, sin duda, la filosofía estructuralista (…) sobre todo, porque esa filosofía desechaba no sólo la estratégica categoría de la ‘historicidad’, sino también la de ‘sujeto social’. (9)

No obstante, existen autores como por ejemplo, el sociólogo Tomas Moulian, que se muestran en desacuerdo con estas afirmaciones, pues argumentan “que el marxismo ha vivido en crisis permanente”. Recordando, la de 1921, en tiempos de Lenin, Rosa Luxemburgo y Gramsci. (10)

Cabe recordar, que previa y posteriormente a la Primera Guerra Mundial, el marxismo en Europa presenta ciertas aristas que no necesariamente coinciden entre sí. Sobre todo en los objetivos estratégicos para alcanzar la transformación revolucionaria de la sociedad. Un ejemplo concreto de esta situación fue la polémica Lenin-Luxemburgo sobre el papel que debería jugar el partido en una situación revolucionaria. Para Lenin la revolución es posible debido a los esfuerzos de una minoría organizada que actúa no sólo sobre las condiciones objetivas, sino también subjetivas del movimiento obrero, para desarrollar la conciencia de lucha del proletariado y superar su tendencia natural hacia la conciencia reformista. (11) Una posición diferente encarna la figura de Rosa Luxemburgo, para ella el proletario prima por sobre el partido. Idea que se hace presente en la formulación de “huelga de masas”, una situación en donde el proletariado espontáneamente, durante el proceso de lucha social,  toma conciencia de sus deberes y objetivos, educándose a sí mismo para la revolución. En tal contexto, la misión del partido pasa a ser determinada por “el pensamiento colectivo” de la masa y su actuar como vanguardia debe ir estrechamente ligado al progreso en el nivel de conciencia del proletariado. (12)

Sin duda, las discrepancias al interior del marxismo son múltiples y complejas. Demandando un análisis infinitamente más profundo que la somera referencia efectuada en el párrafo anterior. Lo que si resulta importante rescatar, más allá de que se hable de una crisis puntual o permanente del pensamiento marxista, es la enorme importancia renovadora que implico para la historia social la aparición de la “escuela inglesa”. Esta abarca dos generaciones: La primera de ellas agrupada en torno a la New Left Review y vinculada al Partido Comunista Británico. Sus principales exponentes: E. P. Thompson, cuya originalidad radica en su evolución hacia un marxismo de vocación esencialmente cultural, antiestructural, que se ocupó sobre todo de las formas de representación y manifestación de los contenidos de clase; y E. J. Hobsbawn, de una visión historiográfica mucho más amplia, en el sentido de abordar temáticas que van más allá de la historia británica. En tanto, la segunda generación se agrupó en torno a la History Workshop. Dentro de sus representantes más destacados cabe señalar a Raphael Samuel, Sheila Rowbothan, G. Steadman Jones, entre otros. Importante resulta señalar que ha sido esta tendencia la que ha puesto un especial énfasis (siguiendo la senda de Thompson y Hobsbawm) en la idea de una historia popular, una historia desde abajo. (13)

Quisiera detenerme un poco en esta idea de la historia desde abajo, ya que está en directa relación con la temática que se ha ido abordando, pues por un lado representa una reacción legitima contra aquella historia vinculada a las elites y por otra parte es una historia que se desarrolla en gran medida gracias a las contribuciones de la historiografía marxista. Así lo hace ver, JimSharpe, en su artículo historia desde abajo (14), donde los autores paradigmáticos tocados por él son: Thompson, Hobsbawm y Carlo Ginzburg. En torno a Thompson y su opción por la historia desde abajo señala: “Thompson, por tanto, no solo discernía el problema general de la reconstrucción de la experiencia de un conjunto de personas ‘corrientes’, sino que, además, comprendía la necesidad de entender a esta gente en el pasado, en la medida en que el historiador moderno es capaz de llevar a cabo tal experiencia a la luz de la suya propia y de sus reacciones personales”. (15)

En relación con el punto anterior, es de suma importancia clarificar o por lo menos manifestar ciertas observaciones sobre dos problemáticas atingentes a la realización de una historia desde abajo.

La primera de ellas se refiere a los problemas presentes en la delimitación conceptual de la historia desde abajo. “¿Dónde se ha de situar, exactamente, ese ‘abajo’ y que habría que hacer con la historia desde abajo, una vez escrita?”(16) Quizás, podría sostenerse que la frontera divisoria entre “un abajo” y “un arriba” está determinada por el estudio de todo aquel sujeto o grupo humano desprovisto de poder en las grandes decisiones de una sociedad. No obstante, si se introducen conceptos como “clase” o “subalternidad” la respuesta a la interrogante obviamente se complica bastante y debe ser motivo de un análisis de mayor profundidad, que por mi parte, estimo bastante largo para desarrollarlo aquí. Pues, habría que preguntarse por lo menos, si ese “abajo” está constituido por los sujetos que constituyen una “clase en sí” o una “clase para sí”(17); ¿“los de abajo” son sólo quienes clasifican dentro de la categoría de clase, entendida en términos fundamentalmente económicos o todo sujeto que esté sometido a relaciones subalternas?

El Rol de la Política en la Historiografía 

Este tipo de inquietudes adquiere conexión inmediatamente con el segundo aspecto problemático de la historia desde abajo, a saber, su dimensión política. Porque, si bien es cierto este enfoque se comenzó a desarrollar desde una opción política determinada, también, arreciaron algunas críticas al respecto:

Para el marxista o, de forma más general, el socialista, el interés por la historia de los de abajo aumentó al crecer el movimiento obrero. Y aunque esto fue  un incentivo muy poderoso para estudiar la historia del hombre corriente -en especial la de la clase obrera-, también puso unas anteojeras muy eficaces a los historiadores socialistas. Como era natural, estuvieron tentados de estudiar, no cualquier tipo de gente corriente, sino la gente corriente a la que se podía considerar antecesora del movimiento: no los obreros como tales, sino más bien como cartistas, sindicalistas, militantes laboristas. Y también estuvieron tentados- lo cual era igualmente natural- de suponer que la historia de los movimientos y las organizaciones que llevaron la lucha obrera y, por tanto, en un sentido real ‘representaban’ a los trabajadores, podía sustituir a la historia de la gente corriente misma.(18)

Este párrafo, sin duda, expresa una crítica bastante valida sobre las motivaciones y defectos que los historiadores tuvieron en un principio para historiar a la gente corriente. Sin embargo, dejar de lado los elementos que configuran una determinada conciencia política y destacar los elementos solamente “culturales” de la gente corriente (19), presenta el riesgo de caer en una subvaloración de los grupos dotados de políticas propias frente a las estructuras de poder y control social. No se plantea que ambos enfoques deban negarse entre si, simplemente se apela a su tratamiento historiográfico integrado, pues al ser la historia desde abajo también nueva historia, fue casi un hecho que el elemento político de alguna forma fue quedando rezagado del trabajo de los historiadores, ¿Cómo pudo ser de otra manera?, si uno de los elementos particulares de la nueva historia era su antagonismo con la historia política positivista. Sin embargo, ya en la década del setenta, se puso en tela de juicio la concepción de que todo lo que se puede rotular como nueva historia es en esencia historia sin política. Así lo señaló, Jacques Julliard, en un artículo publicado en aquella colección que ha resultado ser una suerte de catecismo de la tercera generación de Annales: Formas de hacer historia. Agrega Julliard:

 Así el doble fenómeno del advenimiento de las masas y la programación de los grandes sectores de la actividad social nos lleva a una concepción de la política infinitamente más amplia que aquella que por lo común se admite. Si en adelante la suma del poder no reside ya en el monarca, sino en un ‘príncipe colectivo’ (Gramci), sea el partido, el sindicato, la administración, o el grupo de presión, entonces la política no política no es ya asunto de psicología y moral, sino de sociología y praxeología. La cuestión no estriba ya en saber si la historia política puede ser inteligible, sino más bien saber si en adelante puede existir una inteligibilidad en historia fuera de la referencia al universo político.(20)

 Ahondando un poco más en la cita anterior, sobre la ampliación del concepto de política en historiografía,  aparece como central la referencia hecha a Antonio Gramsci, que antes de Michel Foucault concibe el poder -elemento central de la política- como una compleja trama de relaciones dinámicas, presentes a lo largo de la sociedad y condicionadas históricamente. Este argumento subyace a una concepción del mundo sistemática y coherente (filosofía de la praxis) bajo el concepto de “bloque histórico”, entendido básicamente como “unidad entre la naturaleza y el espíritu (estructura y superestructura), unidad de los contrarios y de los distintos”. Gramsci hace notar, que tanto la estructura como la superestructura, presentan diferentes expresiones según los criterios de distinción con los cuales se las analice para una determinada realidad histórica. Siendo la actividad política el primer momento en la afirmación voluntaria, indistinta y elemental en el terreno de las superestructuras ideológicas. De ahí sus discrepancias contra la posición asumida por Benedetto Croce, para quien detrás de las “apariencias” de las superestructuras ideológicas se presenta “el dios oculto” de la estructura. Gramsci ironiza sobre la postura asumida por Croce, ya que en el sistema de relaciones sociales elementos propios de la estructura como ‘técnica’, ‘trabajo’, ‘clase’, etc. deben ser tratados históricamente y no ‘metafísicamente’ (alusión a la inmutabilidad sobre la estructura, desprendida del pensamiento de Croce). Para Gramsci referirse a las superestructuras ideológicas bajo la noción de “apariencias” sólo es válido cuando estas históricamente se han vuelto caducas dado el desarrollo dialéctico de todo sistema de ideas.

Si corrientemente la política es definida como la administración del ejercicio del poder, en el pensamiento de Gramsci se deben cumplir ciertas condiciones para que este ejercicio sea en parte posible, junto a su compleja gama de interrelaciones. Es así como se pueden identificar ciertos núcleos temáticos determinados por: legitimidad y proyecto; una concepción amplia de partido político; y el análisis de situaciones que conllevan a correlaciones de fuerza.

En el primer aspecto mencionado, legitimidad y proyecto, se parte del hecho primordial de que la sociedad tal cual la conocemos hoy en día se ha dividido históricamente entre dirigentes y dirigidos; gobernantes y gobernados. Para Gramsci esta constatación constituye un problema en sí que condiciona todo el espectro de la acción política. En tal sentido, de esta situación se debe extraer el máximo de eficacia en torno a un determinado propósito de dirección, donde el papel de la dirigencia es relevante en su formación y reproducción; en tanto que se deben trazar además lineamientos racionales para que los dirigidos acepten una determinada condición de subordinados. Para todo pensador libertario, esta es una situación que conlleva una contradicción esencial, sobre todo si el fin último de toda reflexión está determinado por la abolición de la sociedad de clases, las relaciones de poder y la subalternidad presente en ella. De ahí que el autor mencionado pregonara con gran énfasis dos premisas sobre la formación de los dirigentes:

“¿Se quiere que existan siempre gobernados y gobernantes o bien se quieren crear  las condiciones para que desaparezca la necesidad de esta división?; ¿Se parte de la premisa de la perpetua división del género humano o se cree que ésta es únicamente un hecho histórico, que responde a ciertas condiciones?”(21)

Por otra parte, la formación de una determinada dirigencia política está en estrecha relación con el asunto de la legitimidad.  Pues la división entre gobernantes y gobernados también se encuentra presente en grupos sociales homogéneos. Al proclamarse el principio del grupo, usualmente ocurre que se exige automáticamente la obediencia de los dirigidos sin que medie argumentación racional al respecto. Sin duda, para toda agrupación que busque la negación de este tipo de conductas se hace necesario no imponer la obediencia; sino que exigirla sobre la base de lineamientos razonables a seguir, para alcanzar un determinado grado de legitimidad que posibilite la acción política.

La legitimidad permite la cohesión entre dirigentes y dirigidos para actuar, pero dicha legitimidad posee valor en la medida en que existe un proyecto histórico a realizar, que en la terminología de Gramsci, puede ser perfectamente identificable bajo el concepto “espíritu estatal”.

La noción de “espíritu estatal” supone que en todo movimiento, que no sea la expresión de ciertos individualismos, se presenta un proyecto que puede históricamente avanzar hacia el pasado o el futuro; representar a las fuerzas reaccionarias de la historia, asociadas fundamentalmente a la tradición; o a las fuerzas progresivas de la historia que luchan por una nueva forma de organización de la existencia humana. Como continuidad histórica el “espíritu estatal” puede apreciarse en el fragmento utilizado como epígrafe al inicio de este Blog (22). Expresión que engloba un sentido profundo por entender la historia y la potencialidad para transformarla. He ahí la importancia y “la responsabilidad de este proceso, de ser actores de este proceso, de ser solidario de fuerzas materiales ‘ignotas’ pero que se sienten operantes y activas y que se tienen en cuenta como si fuesen ‘materiales’ y corporalmente presentes”. (23)

En la visión de Gramsci, los elementos enunciados hasta el momento, resultan imposibles de conjugarse entre sí de no existir una entidad específica que los organice. Este aspecto da lugar a la reflexión sobre el segundo núcleo temático mencionado en líneas anteriores: el partido político.

Hemos apreciamos como  Jacques Julliard hace alusión a la presencia del poder en el “príncipe colectivo gramsciano”: una entidad mucho más amplia de cómo usualmente el hombre medio suele razonar sobre los partidos políticos. En el pensamiento del filósofo italiano “‘los partidos’ pueden presentarse bajo los nombres más diversos, incluso bajo el nombre de antipartido y de ‘negación de los partidos’” (24). Un claro ejemplo de la diversidad asociada a los partidos puede observarse en la denominación de “intelectualidad orgánica”. Frente a la interrogante de: ¿si necesariamente debe existir la acción política directa para que se pueda hablar de partido político?, Gramsci responde que no necesariamente. Para ello precisa que un partido rara vez es una entidad homogénea, sino que más bien se constituye de variadas tendencias que incluso pueden ser antagonistas entre sí. Cada tendencia pasa a ser otro “partido” al interior del mismo partido político. Sin embargo, existe una entidad que se encuentra por encima de cada facción y a la vez cada una de ellas la reconoce como válida, pasando a ser definida como el Estado Mayor Intelectual del partido orgánico. La amplitud de esta definición puede apreciarse perfectamente en la siguiente formulación:

El Estado Mayor intelectual del partido orgánico no pertenece, a menudo a ninguna de estas fracciones [tendencias presentes en cualquier partido político] sino que opera como si fuese una fuerza dirigente que se sostiene por sí misma, superior a los partidos y a veces considerada como tal por el público. Esta función se puede estudiar con más precisión  si se parte del punto de vista de que un periódico (o un grupo de periódicos), una revista (o un grupo de revistas), también son ‘partidos’ o ‘fracciones de partidos’ o ‘funciones de un partido determinado’(25).

La certeza de esta formulación sobre el concepto de un partido por sobre los partidos, puede graficarse perfectamente en la función que ha cumplido en Chile el consorcio conservador liderado por el diario El Mercurio; o en el ámbito de la política partidista tradicional, el rol jugado por personalidades como: Edgardo Boeninger y Jaime Castillo Velasco, ligados a la Democracia Cristiana.

En cuanto al amplio espectro de las tendencias de izquierda y libertarias, no sería exagerado señalar que en la actualidad, la función de intelectualidad orgánica ha recaído en las disciplinas de la historiografía y las ciencias sociales; ya que historiadores como Gabriel Salazar, Sergio Grez o el sociólogo Tomas Moulian son incorporados para el análisis político por diversos sectores.

Bien puede señalarse que quien controla la cultura, controla a su vez la política. O por lo menos, posee un radio de acción importante para la difusión de planteamientos que han de buscar su realización en la materialidad.

Tal vez  se pueda interrogar el lector de este trabajo: ¿a razón de que se ha hecho toda esta exposición sobre el pensamiento de Gramsci acerca del partido político? ¿Cuál es su valor historiográfico? La respuesta ha de encontrarse en el hecho de que el autor italiano considera que acercarse a la historia de un partido es a su vez adentrarse en la historia de un país desde un punto de vista monográfico. Al respecto, su línea argumentativa, va más allá de la simple consideración de un grupo dirigencial y las bases constituyentes de una organización política al señalar que “La historia de un partido tendrá que ser forzosamente la historia de un grupo social. Pero este grupo no está aislado; tiene amigos, simpatizantes, adversarios, enemigos. La historia de un determinado partido sólo resultara del complejo cuadro de todo el conjunto social y estatal”.(26) A lo cual se debe agregar también la necesidad histórica que ha de dar vida al partido, sobre todo cuando las ideas que congrega tienen alguna posibilidad de conquistar mayores espacios de poder al interior de la sociedad.

¿Pero cómo se ha de reconocer el momento histórico indicado en que se hace urgente la coordinación de tendencias ideológicas, que hipotéticamente persiguiendo un mismo fin, se encuentren atomizadas por sus diferencias?   

Para Antonio Gramsci la respuesta se encuentra en el análisis de las fuerzas históricas operantes entre estructura y superestructura, sobre la base de dos principios que define como elementales:

  • Ninguna sociedad se plantea tareas para cuya solución no existen ya o están, por lo menos, en vía de aparición y desarrollo, las condiciones necesarias y suficientes de sus sustitución.
  • Ninguna sociedad desaparece y puede ser sustituida si antes no se han desarrollado todas las formas de vida que están implícitas en sus relaciones.

Ambos principios han de enmarcarse en la denominación de movimiento orgánico y movimiento coyuntural que constituyen conceptos análogos a lo que en historiografía se conoce como fenómenos de larga duración y fenómenos de corta duración. Así un movimiento coyuntural da origen a una crítica menuda, que puede comprometer a un grupo social reducido y que políticamente puede alcanzar una resolución en la inmediatez del poder; en cambio un movimiento orgánico implica una crítica de mayor profundidad, una crítica que es definida como histórico-social y que compromete a múltiples sectores de la sociedad en un tiempo prolongado. Esta modalidad critica, cuando adquiere condiciones de crisis, se va manifestando en una serie de polémicas y antagonismos que comienzan a hacerse patentes en el ámbito: ideológico, religioso, filosófico, político, jurídico, etc.  Dividiendo a las fuerzas sociales en bandos que cada vez se van haciendo irreconciliables entre si y que han de resolver históricamente el conflicto. Hablándose de un sentido progresivo si la solución al conflicto es a favor de las fuerzas que abogan por una nueva forma de organización de la existencia, de acuerdo a postulados utópicos; En cambio, si el conflicto se resuelve a favor de las fuerzas partidarias de la tradición la realidad resultante es considerada como regresiva, en el sentido de que las bases de la sociedad capitalista se mantienen intactas o pueden profundizarse aún más.

Al encontrarse una sociedad en procesos de cambios, Proyecto y Partido Político, van haciéndose cada vez más representativos de las clases en pugna. Por lo que se hace necesario estimar las posibilidades que tiene cada grupo de volverse hegemónico y es precisamente en aquel instante que adquiere relevancia el tercer aspecto de la reflexión gramsciana: el análisis de situaciones y correlaciones de fuerza.

El análisis de situaciones y correlaciones de fuerza implica, por un lado, algunos aspectos a los que ya se ha hecho referencia como: el hecho de que ninguna sociedad se plantea ser sustituida si ya no se han formado o están en vías de formación las condiciones necesarias para su reemplazo, evidenciable en los procesos orgánicos (larga duración) y coyunturales que ocurren a nivel de estructura y superestructura. Una vertiente de este mismo problema, desarrollado por Gramsci, es el tema de las Correlaciones de Fuerzas (27). En donde conviene detenerse con especial atención, sobre todo por las implicancias analíticas que aquella noción reviste para entender, reflexionar y polemizar con la información presentada en este trabajo de investigación. (28)

Como bien señala Gramsci, con bastante frecuencia se oye en el ámbito de la historiografía y las ciencias sociales la expresión: “correlación de fuerzas favorables o desfavorables a tal o cual tendencia” (29) ¿Pero qué significa esta expresión? El primer alcance que se realiza al respecto es que siempre debe ser considerada como una regla de interpretación e investigación por sobre cualquier otra finalidad. Enunciado este aspecto, las correlaciones de fuerzas se clasifican esencialmente en:

a)   Correlaciones de fuerzas sociales objetivas. Presentes fundamentalmente en la estructura e independientes de la voluntad de los hombres, son el resultado del desarrollo de las fuerzas productivas de una sociedad y permiten establecer el grado de realismo para su transformación.
b)     Correlaciones de fuerzas políticas. Este tipo de correlaciones constituyen el momento en que diversos grupos sociales logran establecer expresiones de homogeneidad, autoconciencia y organización. Oscilando la conciencia política colectiva desde el elemental interés económico-corporativo hasta la fusión de los intereses de un grupo social hegemónico con los intereses de otros grupos subalternos. Es lo que se conoce como “la fase más claramente política, que marca la transición neta de la estructura a la fase de las superestructuras complejas; es la fase en que las ideologías que han germinado anteriormente se convierten en ‘partido’, se enfrentan y luchan hasta que una sola de ellas, o por lo menos, una sola combinación de ellas tiende a prevalecer, a imponerse, a difundirse en toda el área social, determinando además de la unicidad de los fines económicos y políticos la unidad intelectual y moral, planteando todas las cuestiones en torno a las cuales hierve la lucha, no solo en el plano corporativo sino universal”(30).
   
c)      Correlaciones de  fuerzas militares. Constituyen una extensión de las correlaciones de fuerza a nivel político y presentan un carácter decisivo. Están conformadas por dos aspectos centrales, que a su vez pueden combinarse de múltiples formas. El primero de ellos obedece a las correlaciones de fuerza técnico-militares; en tanto que el segundo aspecto se enmarca en lo político-militar. Siendo este último el elemento decisivo, ya que engloba el proyecto y la cohesión necesaria para determinar el tipo de acción militar propiamente tal. (31)

Como bien es posible apreciar en las páginas anteriores, el rol que ha de jugar la política en la interpretación de los procesos históricos necesita de un redireccionamiento que supere el prejuicio asociado a la tradición positivista. Sobre todo cuando se busca indagar el pasado desde una perspectiva que tiene por objetivo rescatar para la memoria de nuevas generaciones los proyectos de transformación inconclusos de aquel colectivo humano que bajo diversas denominaciones -‘pueblo’, ‘baja sociedad civil’, ‘proletariado’- ha englobado a la gente común. Al realizar la historia de los diversos sectores sociales y subculturas presentes en los conceptos nombrados con anterioridad puede que por necesidades propias del tipo de investigación a realizar se dé mayor relevancia a elementos organizativos, culturales o emotivos presentes en la información historiográfica recabada, pero en modo alguno debe ser dejada al margen la contextualización socio política de la historia a realizar. Así por ejemplo si se buscara historiar el rock de mediados de la década de los `80 en Chile, con tendencias emergentes en ese entonces como el Punk y el Thrash, sería imposible comprender el nivel de discriminación y represión policial contra jóvenes punks y Thrashers sin una referencia al contexto político de la época. Tal vez pueda presentarse la objeción de que en una historia fundamentalmente culturalista como la de la música se hace innecesaria una reflexión socio política; sin embargo, en muchas ocasiones la música se transforma en cruda denuncia de las formas de vida de una época o en sublimación de una tragedia colectiva como en el caso del rock británico de las décadas del ´60 y ´70.

En la historiografía chilena el debate sobre el rol que compete a la política en el desarrollo de una nueva historia ha sido planteado por el historiador Sergio Grez, quien a su vez polemiza con su colega Gabriel Salazar, en torno a la interrogante de ¿Cómo escribir la historia de los sectores populares?, precisando: ¿Con o sin política incluida? (32)

Entre los argumentos esgrimidos por Grez destacan la crítica a una eventual despolitización del estudio de los sujetos populares como resultado de la interpretación errónea de una arista de la Nueva historia (abordada en páginas anteriores) y la perdida de interés historiográfico por el estudio del sujeto popular con conciencia política.(33) En tal sentido se sostiene:

La puesta en relieve de otros sujetos históricos como el peonaje, los vagabundos y marginales de todo tipo, ha redundado en la reconstrucción de historias predominantemente ‘culturalistas’ en las que frecuentemente estos sujetos aparecen como objetos de las políticas de la elite, pero raramente como actores de la política porque en ciertos momentos históricos carecían de estas capacidades o porque, desde que su propia transformación social y cultural hizo de ellos hombres plenamente políticos, dejaron de ser atractivos para aquellos investigadores que valoraban su ‘ser natural’ .(34)

 Resulta complicado manifestar un total acuerdo con la crítica de Sergio Grez, más aún cuando se ha profundizado sobre el pensamiento de Gramsci con miras a una mayor revalorización de la política en la historiografía y donde se hace necesario precisar que lo político y no político constituyen elementos inseparables en una filosofía de la praxis. Tal vez puede ser que la crítica formulada se desplace más bien hacia los discípulos de Gabriel Salazar que hacia su obra, sobre todo cuando se piensa en el capitulo Niñez y juventud  de Historia Contemporánea de Chile V, en donde para nada los sujetos populares permanecen desprovistos o al margen de la política.

Independiente del “ser político” o “el ser natural” de los sujetos populares, ambas condiciones se encuentran  permeadas por dinámicas de poder presentes en toda sociedad de clases. Tanto el luchador social como el marginal sin mayor conciencia forman parte de la historia desde abajo, de ese terreno de contienda por un futuro mejor, donde se afirman identidades y pugnan ideologías que buscan mantener o transformar la realidad existente.




Notas Bibliográficas
1 Soler, Leticia. Historia de la historiografía [En línea]. A.N.E.P. CO.DI.CEN,DIRECCIÓN DE FORMACIÓN Y PERFECCIONAMIENTO DOCENTE, Departamento de Educación a Distancia, 2002. p. 54 http://www.dfpd.edu.uy/web_08/otros/materiales/historia/pdfs/historiografia.pdf
2 Chakrabarty, Dipesh.  Una pequeña historia de los estudios subalternos [En línea]. Anales de desclasificación, documentos complementarios, <www.desclasificacion.org>
 3 Burke, Peter.  Formas de hacer historia. Madrid, Alianza editorial, 2003. p.21
4  Ibíd., p.13
5 Ibíd., pp. 14-19
6 Stone, Lawrence. El pasado y el presente. México, Fondo de cultura económica, 1981. pp. 34 - 35 
7 Marx, Karl y Engels, Friedrich.La ideología alemana. Barcelona, Eina, 1988. p.24
8 Massardo, Jaime.Gramsci. Santiago, Bravo y Allende editores, 2001. p.118
9 Salazar, Gabriel La historia desde abajo y desde adentro. Departamento de teoría de las artes facultad de artes Universidad de Chile. pp. 48-49
10 Ibíd., p.53
11 Fages, J. B.  Introducción a las diferentes interpretaciones del marxismo. Barcelona, Oikos-tau, 1977. pp. 27-28
12 Ibíd., pp. 77-78
13 Aróstegui, Julio. La investigación histórica: teoría y método. Barcelona, Editorial crítica, 2001. 122 p.
14 Sharpe, Jim. Historia desde abajo. En: BURKE P. Formas de hacer historia. Madrid, Alianza editorial, 2003. pp.  38 - 58
15 Ibíd., p. 41
16 Ibíd., p. 42
17 Para Marx, la dominación del capital, ha creado una clase por esencia antagónica a la nueva forma de organización de la existencia humana y que está dotada de elementos comunes que la distinguen,  los que constituyen su “ser natural” al interior de la sociedad. Pero cuando esta clase adquiere conciencia de sus intereses y de la condición de explotación que aqueja a sus integrantes, pasando a impulsar procesos de luchas sociales frente a las clases propietarias, sólo en aquel entonces, “la clase en si”  se transforma en  “una clase para sí” y toma conciencia de su protagonismo histórico. Luis Vitale,  Las manifestaciones de conciencia de clases en el movimiento obrero latinoamericano. En: Cuadernos marxistas latinoamericanos de educación política, Venezuela, Ediciones el topo obrero, 1982. p.3
18 Hobsbawm, Eric. Sobre la historia desde abajo. En: HOBSBAWM, ERIC. Sobre la historia. Barcelona, Critica, 1997. p 207
19 Con esta afirmación me refiero concretamente a: “la concepción del mundo absorbida acriticamente por los diversos ambientes sociales y culturales en que se desarrolla la individualidad moral del hombre medio”. Antonio Gramsci, La política y el estado moderno. Barcelona, Editorial Planeta-De Agostini, 1993. p. 9
20 Julliard, Jacques La política. En: Le Goff, Jacques y Nora, Pierre Hacer la historia. Barcelona, Laia, 1978. p. 243
21 Gramsci, Op.cit., p.80
22 Nos sentimos solidarios de los hombres que hoy son viejísimos y que representan para nosotros ‘el pasado’ que todavía vive entre nosotros, el pasado que debemos conocer, con el que hay que ajustar cuentas, y que constituye uno de los elementos del presente y una de las premisas del futuro. También nos sentimos solidarios de los niños, de las generaciones que nacen y crecen y de las que somos responsables. Ibíd. pp. 82-83.
23 Ibíd., p.82
24 Ibíd.
25 Ibíd.,p.84
26 Ibíd., p. 86
27 Ibíd., pp. 111-117
28 Resulta difícil no imaginar que el lector, en algún momento, estime que toda esta profundización sobre el pensamiento de Gramsci constituya una digresión del texto. En tal caso, se apela a su comprensión, pero se hacía estrictamente necesario abordar esta problemática.       
29 Ibíd., p.111
30 Ibíd., p.113
31 Nota: Para una comprensión mucho más concreta de las correlaciones de fuerza descritas, se estima necesario incorporar las ejemplificaciones realizadas por Gramsci para cada una de ellas. En tal sentido, cuando se habla de correlaciones sociales objetivas en el texto se hace alusión a la “realidad rebelde” que el pensador italiano define señalando que “nadie puede modificar el número de fábricas y de los hombre que en ellas trabajan, el número de las ciudades y población urbana existente, etc.” Hechos que escapan a la voluntad humana y que constituyen la arcilla de la transformación histórica.
Cuando se abordan las correlaciones de fuerzas políticas, las ejemplificaciones son construidas sobre la base de la transformación del interés económico-corporativo en interés multisectorial, identificándose cierta secuencia en la adquisición de la conciencia política colectiva. Es así como la primera fase, la del interés económico-corporativo, se define utilizando el ejemplo de: “un comerciante siente que ‘tiene que’ ser solidario de otro comerciante, un fabricante de otro fabricante, etc., pero el comerciante no se siente todavía solidario del fabricante; es decir, se siente la unidad homogénea, y el deber de organizarla, del grupo profesional, pero todavía no la del grupo social más vasto”. La segunda fase pasa a ser definida como el instante en que los miembros de una clase buscan la afirmación como grupo en el ámbito de la igualdad político-jurídica con los sectores dominantes. Finalmente la tercera etapa es caracterizada como el instante en que se supera el interés corporativo para transformarse en interés no sólo del grupo que originalmente lo representaba, sino que también de los sectores que se presentan como subordinados.
En cuanto a las correlaciones de fuerzas militares, no  sólo basta con una determinada supremacía bélica, en el sentido técnico, sino que se pone énfasis en lo que realmente causa el desequilibro entre las correlaciones  en pugna que es el factor político-militar. Se  pone por ejemplo “la relación de opresión militar  de  un Estado sobre una nación que intenta alcanzar su independencia estatal. La relación no es puramente militar, sino político-militar; de hecho, este tipo de opresión  seria inexplicable sin el estado de disgregación social del pueblo oprimido y la pasividad de su mayoría; por consiguiente , la independencia no podrá alcanzarse con fuerzas puramente militares, sino con fuerzas militares y político-militares”. En concordancia con el razonamiento del ejemplo, se establece un método que ha sido y sin duda seguirá siendo utilizado a lo largo de la historia: “ Al principio, pues, la nación oprimida opondrá a la fuerza militar hegemónica una fuerza que sólo es ‘política-militar’, es decir, opondrá una forma de acción política que tenga la virtud de determinar reflejos de carácter militar en el sentido de : a) que sea eficaz para disgregar  íntimamente la eficiencia bélica  de la nación hegemónica; b) que constriña  la fuerza militar hegemónica a diluirse y dispersarse en un gran territorio, anulando gran parte de eficiencia bélica”. Ibíd. pp. 112-117.   
32 Grez, Sergio. Escribir la historia de los sectores populares. ¿con o sin política incluida? Política (44): pp. 17-31 Otoño 2005
33 La crítica a Gabriel Salazar y a “la escuela” desarrollada por él, puede ser apreciada íntegramente en el párrafo siguiente, donde resulta prácticamente imposible no evocarLabradores, peones y proletarios:“cabe agregar que el ascendiente de la Escuela de los Anales se ha hecho sentir- de manera indirecta y sutil- en la historiografía del ‘pueblo llano’ bajo la forma de una historia con la política excluida. El rechazo a la ‘interpretación alucinantemente política’ de los procesos históricos., ha llevado a algunos historiadores sociales a postular (sino en la teoría, al menos en los hechos) una historia de ‘los de abajo’ vaciada de su acción política. La puesta en relieve de otros sujetos históricos como el peonaje, los vagabundos y marginales de todo tipo, ha redundado en la reconstrucción de historias predominantemente ‘culturalistas’ en las que frecuentemente estos sujetos aparecen como objetos de las políticas de la elite, pero raramente como actores de la política porque en ciertos momentos históricos carecían de estas capacidades o porque, desde que su propia transformación social y cultural hizo de ellos hombres plenamente políticos, dejaron de ser atractivos para aquellos investigadores que valoraban su ‘ser natural’. De la apología al racionalismo, la modernidad, las ideologías de redención social, los proyectos y vanguardias políticas, se ha pasado casi sin matices a la valoración de la ‘barbarie’, lo espontáneo, pre- moderno, irracional y sensual”.  Ibíd., p. 21
34 Ibíd., p. 21

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